“Inténtalo, escribe por lo menos quince minutos cada tres
días” Me dijo ella. “Tienes mucho que decir, estás aquí para eso. Puedes
expresarte a través de la pintura, o de la escritura, pero debes hacerlo.
Necesitan comunicarse a través de ti, de lo que tienes que enseñar.”
Desde aquel momento no he parado ni un segundo de darle
vueltas a aquella conversación llena de interrogantes. Acudí a ella para
aclarar aspectos de mi vida oscuros, y creencias que aún están por determinar
en mí. Me habían hablado tan bien, tan mágicamente, que debía intentarlo. Y así
era, en efecto. Ella no era un ser de este mundo, era corpórea sí, y llevaba la
vida terrenal más ligera y acorde con uno mismo que se puede conseguir en este
mundo tan depravado, pero en su esencia su espíritu, su alma, no era solo
humana. “Escribe” – me dijo- Y eso estoy tratando de hacer, contando todo lo
que, en la medida de mis posibilidades, ellos intenten decir a través de mis
palabras y mi humilde mensaje al mundo.
Será difícil entenderlo, estoy segura de ello. Nada es
sencillo cuando dormimos la conciencia en pos del dinero, del trabajo
exasperante de un día entero, de la rutina impuesta del gimnasio y el enfado
frustrante al volante tratando de avanzar a duras penas entre otros iguales a
nosotros. Nada lo es ahora, ni lo fue hace años, ni tan siquiera hace siglos.
No podemos ni imaginar cómo se sentían nuestros ancestros tratando de vivir sus
vidas en un mundo hostil que siempre dificulta la propia existencia. Solo
algunos logran ser felices, porque logran estar tranquilos. Ese es el resumen
de todo.
Llevo en mi sangre litros de historia. Esa historia oculta
que florece marchita cuando menos te lo esperas, que resurge como un grito de
auxilio cuando parece que todo es perfecto, o todo está acabado a la vez. Esa
memoria eterna, que arrastro de todos los que antes llegaron y se fueron, cuyos
recuerdos se pierden lentamente, cuyo polvo descansa disperso por los confines
de la tierra. Ellos, mis ancestros, son los que hablan a través de mí. Ellos
son y serán siempre, la base de la existencia primera, la que determina cómo
debemos ser y cambiar para recuperar lo poco que nos queda hoy, si ambicionamos
seguir viviendo. Pero no como hasta ahora.
Muchos, demasiados. En las reglas autoimpuestas por nosotros
mismos contemplamos rictus erróneos de un pasado salvaje, que ahora no procede.
Una luz de esperanza perdida que se alarga tanto, que se acaba perdiendo. Es la
vida sí. Llevada al extremo, temiendo a la muerte sin causa justificada y
alargando lo que tenemos por deprimente que sea. Buscamos desde tiempos remotos
la fuente de la eterna juventud para perderla definitivamente: ya la poseíamos.
¿Quién desea vivir la existencia carnal por los siglos de los siglos? Solo
quien perdió la fe en el alma. Y te hablo de otros planos, porque tu energía
nunca desaparecerá. Pero, ¿qué es lo que te ata a la tierra, a su gravedad, a
sus posesiones y a sus dolencias materiales? No éramos ni más ni menos felices
cuando todo se reducía a la mitad. Hemos perdido en el camino la enseñanza
transmitida, el legado perpetuo de nuestros ancestros y ancestras, de quienes
hoy en día vigilan o simplemente descansan del otro lado. Encarnar y
desencarnar en un constante baile de años, de ciclos, de cosechas y estaciones
infinitas, variables, mutables, pero inagotables. Engendrar era lógico en un
tiempo remoto en el que los recursos superaban con creces lo soñado, vivir con
voluntad, con serenidad y acordes a los tiempos. Esa era la premisa. Catrina
presente allá, el Tótem acá, el recuerdo inmutable del final del camino, donde
empieza otro. No es desaparecer, es cambiar. Ellos lo sabían bien, a nosotros
se nos ha olvidado.