Alzar el vuelo feliz, embaucada por las bellas palabras leídas en un blog, para poco después recibir un perdigonazo en el aire que te desgarra el alma.
Otra vez.
Y caer en pleno vuelo sin ánimo ni fuerzas en manos de quién ha disparado, que promete curarte, a sabiendas de que posee el arma que puede matarte...
Y sentirte débil, vulnerable. Un juguete roto al que van a intentar reparar, y solo Destino sabe si acabará también en el vertedero.
El dolor del desgarro es inconmesurable.