Cerebro superviviente.
Hacía mucho que no publicaba. Llevo un tiempo prefiriendo los desahogos en formato papel, pero a veces se echa de menos el teclado y la rapidez de la ingesta de emociones, así que recordé que una vez tuve esto... y me apetece usarlo.
Cuando digo que lo que más me gusta de mi misma es mi
cerebro, no lo digo porque el resto lo deteste (que en parte, también) sino más
bien porque mi cerebro ha sido siempre sobresaliente o mejor dicho, -que eso
suena muy arrogante-, ha sido un superviviente. Gracias a él no me he convertido en la basura humana a la
que estaba destinada, sino que he podido evolucionar, con mucho esfuerzo,
muchísimo. Pero lo he logrado.
A menudo leo o escucho comentar lo mucho que los padres de
cada cual han influido en lo que son ahora, de cómo les han aportado
conocimientos o vivencias que les han encaminado por un sendero loable de la
vida. Hace poco leía un post del Museo del Prado en el que la gente recordaba
su primera vez allí. A uno le llevaba su abuelo los domingos, a otro su madre a
menudo y al de más allá su hermano, su amigo, su tía o el profesor que le tocó en
el colegio, que aportaba algo más a su vida además del sueldo de funcionario a
fin de mes. Pero yo no tuve esa suerte. No.
Mi primera visita al Museo del Prado la hice sola, con 17
años. El bus 32 hasta la Calle Atocha y muchas ganas de conocer algo que había
llegado a mis oídos, que existía. Creo
que mis padres no han estado allí jamás. Tampoco pregunto… para qué.
Mi padre, que le quiero mucho a pesar de todo, se jacta de
la ignorancia. A mí sin embargo me aterroriza. Me da pánico ponerme a escribir
un texto como este y cometer alguna falta de ortografía, me aterra no saber y
quedar en ridículo y lo peor de todo: me aterra que se me esté acabando la vida
sin apenas conocer todo lo que me gustaría.
Mi madre educada fiel
a llevar una vida que supongo que tampoco le gusta, no le prestaba demasiada
atención a nada más allá de su trabajo y su casa. Su casa y su trabajo. Al fin
y al cabo, se vive más feliz así. Se deja la vida pasar… se vive sin consuelo
pero sin grandes penas.
Y a mí me tocó el cerebro superviviente. El cerebro que dijo
“basta” a pesar del rumbo que estaban tomando las cosas. A pesar de que el
acoso en el colegio me había hecho sufrir con la mente en blanco, sin ganas ni
interés por la vida y mucho menos por el estudio. A pesar de que mi familia solo mostrase amor
incondicional por el televisor, el bar o los adornos que vendían en el todo a
100 pesetas; a pesar de que mi colegio
público estuviera incluido en la lista de los peores de Madrid con nota
sobresaliente.
Llegó el momento en el que, tras luchar contra acosos
escolares, familias que no apoyaban nada, carentes de ilusiones, motivaciones y
anhelos, amigas insufribles que escuchaban a Ricky Martin o un mundo insulso de
programas de televisión aburridos, algo
en mi cerebro superviviente me decía a los 13 años que el mundo no era solo
eso. Que había mucho más, y que hiciera el favor de descubrirlo.
A veces pienso que las cosas me han ido llegando como por
arte de magia. O porque un espíritu protector las ha puesto en mi camino.
Aunque mi tarea, o mejor dicho, la de mi cerebro superviviente no fue
ignorarlas, sino sentir la llamada, el chispazo de la bendita curiosidad o el
simple disfrute de lo diferente. Y allí que me lancé. Allí mismo.
Cómo conseguí descubrir la biblioteca de mi barrio,
Moratalaz, es algo que todavía intento rememorar sin éxito. Pero un día estaba allí. Recorría los pasillos
llenos de libros y los ficheros de madera abarrotados de sucias tarjetas
polvorientas y manoseadas, donde mecanografiado aparecían título, autor,
editorial y un breve resumen. Qué me venía muy bien. Y así, el amor a mi
biblioteca los viernes tarde y los lunes por la mañana, fue creciendo inconmensurablemente.
Descubrí tanto… existía tanto más allá del televisor, la mopa y el bar de al
lado…
A pesar de ello, mi vida quería seguir un curso pero caía en
un abismo sin fondo. Los años de instituto comenzaban y lo hacían mal. Muy mal.
Yo era una niña insegura, carente de conocimientos, sin apoyos, que intentaba
encajar en un mundo que tampoco conocía bien, pero no me gustaba. En esos años
me encontré por primera vez con un problema terrible que hasta ese momento
había ignorado: el dinero.
Mis padres me llevaron a un colegio de Monjas para que no me
perdiese, donde además de ser inculta, descubrí que era pobre. No estaba a la
altura… quisiera encajar como quisiera. Era imposible. Y llegó la nada. Los 14
y 15 años que pasé en el parque de la Fuente del Berro huyendo de mi clase, del
colegio y del dinero, casi era lo mismo, la nada. Mi walkman con cintas
grabadas, con música inconexa que me llegaba gracias al tío de Eva (que gracias
a lo que algún ente puso en mi camino, era cantante en la Década Pródigiosa y
muy melómano) de grupos exquisitos como The Cure, Depeche Mode o Heroes del
Silencio y otros no tanto de los que sabía apartarme a tiempo. Y mis libros de
la biblioteca… mis fieles compañeros de depresión y nihilismo. Términos estos
dos que aprendí más tarde, pero de los que recuerdo perfectamente su sabor
agrio, las lágrimas que los acompañan, la desazón y la oscuridad acogedora en
días soleados. Quería morir, por primera vez. 15 años. Desde entonces lo deseo.
A los 16 años, mi padre muy cabreado por mi paso por ese
colegio del cual me largaron, me dijo que tenía que ponerme a fregar escaleras.
Una mujer ya se sabe, que “no quiere estudiar” no tiene otra salida. Porque aún
es joven para casarse y ser ama de casa y además, bastante gorda como para que
la quieran. Y abandoné todo. Busqué trabajo infantil sudando tinta a precio de
nada. Con sueldos miserables.. . y mis libros de biblioteca. Alguno propio
también que ya me podía comprar, con esas 35.000 pesetas de lunes a sábado.
Pero nadie me había enseñado nada. Fue mi cerebro superviviente quien me
encaminaba a hacerlo. Fue quien decía qué o que no entraba dentro de lo
aceptable. Y se lo agradezco infinitamente.
Llegaron los tiempos, esos tiempos de adolescencia demasiado
agónica donde encontré un lugar propio en Brujas. La gente… era un problema y
también era una simbiosis. Otros fueron amigos de verdad, aún les conservo.
Otros, meros piojos. Ya da igual.
Supe salir de todo aquello, tenía mi refugio y me empoderé.
Y me dije a mi misma que nunca fregaría escaleras. Nunca lo haré. Ni de
mansiones ni de porterías. Lo pasé mal, un alma en pena. Era todo agridulce,
nada era fácil. Me sentía pequeña, ignorante y pobre, pero mis años en el
Nocturno me hicieron recuperar la ilusión…. No tendría solo el EGB, ya era algo
enorme. Y lo decidí yo misma, contra viento y marea, sin apoyo, sin nada. Yo
sola, mi logro propio. Una lucha complicada, más aún del pobre imbécil a que
sus padres obligan a estudiar económicas y se pasa el día jugando a las cartas
en el descansillo… yo era todo lo contrario. Logré estudiar sin apoyo alguno.
Pero la vida siempre te pone a prueba y la Universidad era algo caro. No estaba
a mi alcance. Tenía mis 40.000 pesetas de reponer un supermercado por las
mañanas pero no era suficiente. No me dieron beca, mi madre no me quiso pagar
la matrícula y abandoné mis sueños en Centroeuropa en segundo curso. Un estigma que me persigue
de por vida. Pero seguí luchando y ya no
me sentía tan mal.
La necesidad me hizo abandonar la cuna pronto, porque el
infierno estaba desatado en mi habitación con un demonio por hermana, así que
entrar en la debacle del trabajo precario, el alquiler de un cuarto y las
preocupaciones de los recibos y la compra eran algo que me venía grande, pero
tuve que encarar con valentía. Ese fue el motivo del abandono prematuro del
conocimiento, del aprendizaje, que no paraba, pero se diluía con mucho sueño
volviendo del turno de noche a casa todos los días.
No, no lo he tenido fácil. No he tenido apoyo ni moral ni
económico. Pero al menos no me he convertido en una toxicómana, en una ladrona
o en alguien carente de personalidad que copia a los demás para inventarse a sí
misma, como podría haberme pasado perfectamente, tal y como le pasó a mi
hermana sin ir más lejos.
Y sigo haciendo lo que puedo. Sola, ahora con mi hija y
todos los recibos para mí. Tuve un marido al que le dieron todo y falto de
personalidad no supo entender nada, no sabe lo que es el sacrificio y solo
exigía sin dar nada a cambio. Y así seguiré, porque ese no es el camino para el
que estoy destinada en esta vida.

Yo intento mostrarle a mi niña que hay todo un mundo más
allá de la mediocridad de las modas o la gente simple. Que puede ser lo que
quiera ser, que el saber no ocupa lugar y que tiene miles de opciones para
quedarse con lo que la gran masa hace casi sin pensarlo. No sé si tal vez me
equivoco enseñando más de lo que puedo y ella quiere, me siento en el deber
moral de hacer las cosas de forma diferente. No sé si me estoy equivocando y ella también tenga un
cerebro superviviente, pero es un riesgo que no quiero correr. Le doy todo lo
que puedo. Todo. Si hay que renunciar a un curso de costura para pagarle clases
de guitarra se hace y punto. Sin más.
Ella tiene un cerebro sobresaliente. Espero que el futuro le depare algo
mejor.
Y aquí sigo. Sobreviviendo. Casi viviendo más por ella que
por mi misma y sin casi tiempo para aprender todo lo que quisiera antes de
morir. Que eso de la muerte tampoco quiero
que se retrase mucho, por cierto.