viernes, 11 de agosto de 2017

Obligación.

La vida puede perderse en un simple segundo. Un cuello chascado y roto, una aguja con aire...
Hoy sentía ganas de apretar el acelerador hasta el fondo. ¿Hasta cuanto alcanzán 87 cv? Quería acabar con todo, estamparme de una vez. No me frena nada más que el miedo a sobrevivir, a quedar aún peor y tener la obligación de vivir así.

Esta obligación de vivir así....

Sea lo que sea en el otro lado estaré mejor que aquí, por horrible que sea.

Crisis existencial, creo pero a la vez desconfío de mis capacidades.
No me quiero no, y por mucho que me lo digas eso no va a cambiar. Te odio cuando me lo dices.

Latas de alcohol y autodestrucción. Necesito música triste, de la que se hacía antes que ya nadie entiende.

Ellos tienen nuestra vida y nuestras alegrías en su mano. Y no están dispuestos a soltarlas tan fácilmente. Les gusta tener el poder. Y yo les odio. Les odio tanto como al que te adelanta bien pegado en carretera a toda velocidad. Les odio como una cola enorme de gente, les odio como ese momento con la cuenta bancaria casi vacía y ganas de llenar el otro vacío de la existencia con materia  inerte.
Les odio, como el hecho de tener que parecer siempre feliz para no amargarles más. Porque la empatía solo mola cuando todo va bien. Les odio.

La energía fluye en el ambiente, pero mi capacidad es limitada. No soy nada. Nadie. No hay nada, no hay nadie.



martes, 25 de julio de 2017

Cerebro superviviente.

Cerebro superviviente.

Hacía mucho que no publicaba. Llevo un tiempo prefiriendo los desahogos en formato papel, pero a veces se echa de menos el teclado y la rapidez de la ingesta de emociones, así que recordé que una vez tuve esto... y me apetece usarlo.

Cuando digo que lo que más me gusta de mi misma es mi cerebro, no lo digo porque el resto lo deteste (que en parte, también) sino más bien porque mi cerebro ha sido siempre sobresaliente o mejor dicho, -que eso suena muy arrogante-, ha sido un superviviente. Gracias a él  no me he convertido en la basura humana a la que estaba destinada, sino que he podido evolucionar, con mucho esfuerzo, muchísimo. Pero lo he logrado.

A menudo leo o escucho comentar lo mucho que los padres de cada cual han influido en lo que son ahora, de cómo les han aportado conocimientos o vivencias que les han encaminado por un sendero loable de la vida. Hace poco leía un post del Museo del Prado en el que la gente recordaba su primera vez allí. A uno le llevaba su abuelo los domingos, a otro su madre a menudo y al de más allá su hermano, su amigo, su tía o el profesor que le tocó en el colegio, que aportaba algo más a su vida además del sueldo de funcionario a fin de mes. Pero yo no tuve esa suerte. No.

Mi primera visita al Museo del Prado la hice sola, con 17 años. El bus 32 hasta la Calle Atocha y muchas ganas de conocer algo que había llegado a mis oídos,  que existía. Creo que mis padres no han estado allí jamás. Tampoco pregunto… para qué.
Mi padre, que le quiero mucho a pesar de todo, se jacta de la ignorancia. A mí sin embargo me aterroriza. Me da pánico ponerme a escribir un texto como este y cometer alguna falta de ortografía, me aterra no saber y quedar en ridículo y lo peor de todo: me aterra que se me esté acabando la vida sin apenas conocer todo lo que me gustaría.
 Mi madre educada fiel a llevar una vida que supongo que tampoco le gusta, no le prestaba demasiada atención a nada más allá de su trabajo y su casa. Su casa y su trabajo. Al fin y al cabo, se vive más feliz así. Se deja la vida pasar… se vive sin consuelo pero sin grandes penas.

Y a mí me tocó el cerebro superviviente. El cerebro que dijo “basta” a pesar del rumbo que estaban tomando las cosas. A pesar de que el acoso en el colegio me había hecho sufrir con la mente en blanco, sin ganas ni interés por la vida y mucho menos por el estudio.  A pesar de que mi familia solo mostrase amor incondicional por el televisor, el bar o los adornos que vendían en el todo a 100 pesetas;  a pesar de que mi colegio público estuviera incluido en la lista de los peores de Madrid con nota sobresaliente.
Llegó el momento en el que, tras luchar contra acosos escolares, familias que no apoyaban nada, carentes de ilusiones, motivaciones y anhelos, amigas insufribles que escuchaban a Ricky Martin o un mundo insulso de programas de televisión aburridos,  algo en mi cerebro superviviente me decía a los 13 años que el mundo no era solo eso. Que había mucho más, y que hiciera el favor de descubrirlo.

A veces pienso que las cosas me han ido llegando como por arte de magia. O porque un espíritu protector las ha puesto en mi camino. Aunque mi tarea, o mejor dicho, la de mi cerebro superviviente no fue ignorarlas, sino sentir la llamada, el chispazo de la bendita curiosidad o el simple disfrute de lo diferente. Y allí que me lancé. Allí mismo.
Cómo conseguí descubrir la biblioteca de mi barrio, Moratalaz, es algo que todavía intento rememorar sin éxito.  Pero un día estaba allí. Recorría los pasillos llenos de libros y los ficheros de madera abarrotados de sucias tarjetas polvorientas y manoseadas, donde mecanografiado aparecían título, autor, editorial y un breve resumen. Qué me venía muy bien. Y así, el amor a mi biblioteca los viernes tarde y los lunes por la mañana, fue creciendo inconmensurablemente. Descubrí tanto… existía tanto más allá del televisor, la mopa y el bar de al lado…

A pesar de ello, mi vida quería seguir un curso pero caía en un abismo sin fondo. Los años de instituto comenzaban y lo hacían mal. Muy mal. Yo era una niña insegura, carente de conocimientos, sin apoyos, que intentaba encajar en un mundo que tampoco conocía bien, pero no me gustaba. En esos años me encontré por primera vez con un problema terrible que hasta ese momento había ignorado: el dinero.
Mis padres me llevaron a un colegio de Monjas para que no me perdiese, donde además de ser inculta, descubrí que era pobre. No estaba a la altura… quisiera encajar como quisiera. Era imposible. Y llegó la nada. Los 14 y 15 años que pasé en el parque de la Fuente del Berro huyendo de mi clase, del colegio y del dinero, casi era lo mismo, la nada. Mi walkman con cintas grabadas, con música inconexa que me llegaba gracias al tío de Eva (que gracias a lo que algún ente puso en mi camino, era cantante en la Década Pródigiosa y muy melómano) de grupos exquisitos como The Cure, Depeche Mode o Heroes del Silencio y otros no tanto de los que sabía apartarme a tiempo. Y mis libros de la biblioteca… mis fieles compañeros de depresión y nihilismo. Términos estos dos que aprendí más tarde, pero de los que recuerdo perfectamente su sabor agrio, las lágrimas que los acompañan, la desazón y la oscuridad acogedora en días soleados. Quería morir, por primera vez. 15 años. Desde entonces lo deseo.

A los 16 años, mi padre muy cabreado por mi paso por ese colegio del cual me largaron, me dijo que tenía que ponerme a fregar escaleras. Una mujer ya se sabe, que “no quiere estudiar” no tiene otra salida. Porque aún es joven para casarse y ser ama de casa y además, bastante gorda como para que la quieran. Y abandoné todo. Busqué trabajo infantil sudando tinta a precio de nada. Con sueldos miserables.. . y mis libros de biblioteca. Alguno propio también que ya me podía comprar, con esas 35.000 pesetas de lunes a sábado. Pero nadie me había enseñado nada. Fue mi cerebro superviviente quien me encaminaba a hacerlo. Fue quien decía qué o que no entraba dentro de lo aceptable. Y se lo agradezco infinitamente.
Llegaron los tiempos, esos tiempos de adolescencia demasiado agónica donde encontré un lugar propio en Brujas. La gente… era un problema y también era una simbiosis. Otros fueron amigos de verdad, aún les conservo. Otros, meros piojos. Ya da igual.

Supe salir de todo aquello, tenía mi refugio y me empoderé. Y me dije a mi misma que nunca fregaría escaleras. Nunca lo haré. Ni de mansiones ni de porterías. Lo pasé mal, un alma en pena. Era todo agridulce, nada era fácil. Me sentía pequeña, ignorante y pobre, pero mis años en el Nocturno me hicieron recuperar la ilusión…. No tendría solo el EGB, ya era algo enorme. Y lo decidí yo misma, contra viento y marea, sin apoyo, sin nada. Yo sola, mi logro propio. Una lucha complicada, más aún del pobre imbécil a que sus padres obligan a estudiar económicas y se pasa el día jugando a las cartas en el descansillo… yo era todo lo contrario. Logré estudiar sin apoyo alguno. Pero la vida siempre te pone a prueba y la Universidad era algo caro. No estaba a mi alcance. Tenía mis 40.000 pesetas de reponer un supermercado por las mañanas pero no era suficiente. No me dieron beca, mi madre no me quiso pagar la matrícula y abandoné mis sueños en Centroeuropa  en segundo curso. Un estigma que me persigue de por vida.  Pero seguí luchando y ya no me sentía tan mal.


La necesidad me hizo abandonar la cuna pronto, porque el infierno estaba desatado en mi habitación con un demonio por hermana, así que entrar en la debacle del trabajo precario, el alquiler de un cuarto y las preocupaciones de los recibos y la compra eran algo que me venía grande, pero tuve que encarar con valentía. Ese fue el motivo del abandono prematuro del conocimiento, del aprendizaje, que no paraba, pero se diluía con mucho sueño volviendo del turno de noche a casa todos los días.
No, no lo he tenido fácil. No he tenido apoyo ni moral ni económico. Pero al menos no me he convertido en una toxicómana, en una ladrona o en alguien carente de personalidad que copia a los demás para inventarse a sí misma, como podría haberme pasado perfectamente, tal y como le pasó a mi hermana sin ir más lejos.

Y sigo haciendo lo que puedo. Sola, ahora con mi hija y todos los recibos para mí. Tuve un marido al que le dieron todo y falto de personalidad no supo entender nada, no sabe lo que es el sacrificio y solo exigía sin dar nada a cambio. Y así seguiré, porque ese no es el camino para el que estoy destinada en esta vida.

Yo intento mostrarle a mi niña que hay todo un mundo más allá de la mediocridad de las modas o la gente simple. Que puede ser lo que quiera ser, que el saber no ocupa lugar y que tiene miles de opciones para quedarse con lo que la gran masa hace casi sin pensarlo. No sé si tal vez me equivoco enseñando más de lo que puedo y ella quiere, me siento en el deber moral de hacer las cosas de forma diferente. No sé si  me estoy equivocando y ella también tenga un cerebro superviviente, pero es un riesgo que no quiero correr. Le doy todo lo que puedo. Todo. Si hay que renunciar a un curso de costura para pagarle clases de guitarra se hace y punto. Sin más.  Ella tiene un cerebro sobresaliente. Espero que el futuro le depare algo mejor.


Y aquí sigo. Sobreviviendo. Casi viviendo más por ella que por mi misma y sin casi tiempo para aprender todo lo que quisiera antes de morir. Que eso de la muerte tampoco quiero  que se retrase mucho, por cierto.